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La maleta del alma: preparación espiritual para tu peregrinación

10 oct
6 min de lectura

Preparándonos para caminar tras las huellas de la fe


1. ¿Cómo viene nuestra maleta por dentro?


Querida familia peregrina:

Ya estamos preparando nuestra maleta: la ropa para el clima que nos tocará, los zapatos cómodos, los medicamentos, los documentos… Revisamos todo porque queremos que no nos falte nada.

Pero hoy quiero invitarlos a preparar otra maleta: la maleta del alma.

Esta no la pesan en el aeropuerto, pero a veces es la que más pesa.

En ella llevamos nuestras preocupaciones, el cansancio, los problemas de la familia, las pérdidas, las preguntas que todavía no tienen respuesta. También llevamos agradecimientos, ilusiones y una fe que desea crecer.


Cada uno llega a esta peregrinación con una historia diferente. Algunos vienen a agradecer; otros, a pedir por alguien que aman. Algunos necesitan descanso interior; otros desean volver a encontrarse con Dios.

Todo eso puede venir con nosotros. No necesitamos tener la vida resuelta para comenzar a caminar con el Señor.

Pero sí necesitamos hacerle espacio.

Una maleta demasiado llena no permite guardar nada nuevo. Y un corazón que quiere controlarlo todo puede tener dificultad para recibir lo que Dios le quiere regalar.

Por eso, antes de salir, podemos preguntarnos: ¿qué necesito poner en manos de Dios? ¿Un resentimiento? ¿Una preocupación? ¿La necesidad de que todo salga exactamente como yo quiero?

[Haz una pausa.]


Ahora pensemos en silencio en dos cosas:

¿Qué carga quiero entregarle al Señor?¿Qué gracia quiero pedirle en esta peregrinación?

[Deja unos 30 segundos de silencio.]

Esa será nuestra intención personal. Podemos escribirla y llevarla en nuestra Biblia o en una libreta. En cada misa, en cada santuario y en cada momento de oración, podremos volver a presentársela a Dios.


2. Viajar con ojos de peregrino


En este viaje vamos a conocer lugares hermosos. Vamos a disfrutar, a tomar fotografías, a compartir la comida y a reírnos juntos. Todo eso también forma parte de la alegría de peregrinar.

Pero queremos mirar esos lugares con ojos de fe y aquí la diferencia entre ser turista y peregrino:

Podemos entrar en una basílica y admirar su arquitectura. Y también podemos detenernos y decir: “Señor, aquí estoy. ¿Qué quieres enseñarme?”

Podemos conocer la historia de un santo y, además, preguntarnos: “¿Qué puedo aprender de su manera de amar?”


Nuestra peregrinación puede convertirse en un retiro espiritual en movimiento: en el autobús, en una caminata, durante la misa o en unos minutos de adoración.

No necesitamos sentir algo extraordinario en cada lugar. A veces el fruto será una paz discreta, una decisión de perdonar, el deseo de confesarnos o una nueva confianza para afrontar lo que nos espera al regresar.

La peregrinación comienza cuando salimos de casa, pero sigue dando fruto cuando volvemos a ella.


3. ¿Qué vamos a empacar?

Quiero proponerles tres cosas que todos debemos llevar en la maleta del alma.


La primera es la paciencia.

Habrá caminatas, filas y momentos de cansancio. Cada persona tiene un ritmo distinto, y todos podemos tener un día difícil.

La paciencia se vuelve concreta cuando esperamos sin humillar, cuando respondemos con amabilidad y cuando recordamos que el compañero también está haciendo un esfuerzo.

Podemos ofrecer una espera como oración. Y, si algo nos preocupa o necesitamos ayuda, podemos expresarlo con respeto.


La segunda es la flexibilidad.

En una peregrinación compartimos horarios, espacios y decisiones. Habrá ocasiones en que necesitaremos adaptarnos.

La flexibilidad nos permite disfrutar incluso cuando algo resulta diferente de lo que imaginábamos. Nos ayuda a integrarnos al grupo, a conocer a otras personas y a recibir con alegría las sorpresas del camino.

También significa comunicar nuestras necesidades con claridad: si alguien está cansado, enfermo o necesita apoyo, queremos saberlo para acompañarlo.


La tercera es el silencio interior.

Vamos a escuchar muchas explicaciones y a ver muchas cosas. Pero también necesitamos momentos para que todo eso llegue al corazón.

Les propongo que, al entrar en cada santuario, regalemos primero unos minutos al Señor. Podemos guardar el teléfono, respirar tranquilamente y decir:

“Jesús, estoy aquí. Ayúdame a escucharte”.

Después vendrán las fotografías. Primero, demos lugar al encuentro.

Y en los tres espacios de esta maleta pongamos también alegría: una sonrisa, una palabra amable, disposición para ayudar. La alegría hace más ligero el camino para todos.


4. Nuestros compañeros de camino

Los santos que vamos a conocer fueron personas reales. Tuvieron dificultades, cansancio y pruebas. Su vida nos muestra lo que puede suceder cuando una persona deja actuar a Dios.

El Padre Pío nos invita a llevar oración.

Él decía:

“Quiero ser sólo un pobre fraile que reza”.

Qué sencillez tan grande. Al acercarnos a sus lugares, podemos pedir la gracia de una oración más sincera y de una buena confesión.

Para nuestra maleta: la confianza de presentarnos ante Dios tal como estamos, con nuestras necesidades y también con nuestra gratitud.

San Benito nos invita a ordenar el corazón.

En su Regla encontramos:

“No anteponer nada al amor de Cristo”.

Esta frase puede orientar toda nuestra peregrinación. Entre tantas visitas y actividades, recordemos quién nos convoca.

Para nuestra maleta: darle a Jesús el primer lugar. Que la prisa no nos robe la oración y que nuestras preferencias no nos hagan olvidar la caridad.

La beata Madre Esperanza nos invita a confiar en la misericordia.

En el vía crucis de Collevalenza encontramos esta frase suya, traducida del italiano:

“Aceptemos con amor la cruz: sentiremos menos su peso”.

Muchos llevamos una cruz que los demás no conocen. Podemos presentarla al Señor y pedirle fortaleza, consuelo y personas que nos ayuden a sostenerla.

Para nuestra maleta: la esperanza de sabernos amados también en la dificultad.

En Collevalenza podemos decir: “Padre, esto me cuesta, esto me duele. Ayúdame a vivirlo contigo”.

San Francisco nos invita a llevar humildad y fraternidad.

En su Regla pide que sus hermanos:

“Como peregrinos y forasteros en este siglo,

sirviendo al Señor en pobreza y humildad…”.

Qué hermoso escuchar la palabra peregrinos en sus propias enseñanzas.

Francisco nos ayuda a caminar con sencillez: agradecer lo recibido, cuidar al compañero y descubrir la belleza de Dios en lo pequeño.

Para nuestra maleta: un corazón dispuesto a servir. A veces el gesto más importante del día será ofrecer agua, escuchar a alguien o acompañar al que camina más despacio.

San Carlo Acutis nos invita a llevar hambre de Jesús.

Su conocida frase dice:

“La Eucaristía es mi autopista hacia el cielo”.

Carlo nos recuerda que el encuentro con Jesús está al alcance de nosotros en la Eucaristía.

Para nuestra maleta: el deseo de participar con atención en la misa y dedicar tiempo a la adoración.

Podemos conocer muchos lugares santos, pero en todos buscamos acercarnos al mismo Señor.


5. Nuestra intención y nuestra oración

[Los invito a abrir las manos]

Vamos a imaginar que ponemos en estas manos nuestra maleta del alma.

En ella están las personas por quienes vamos a rezar, las preocupaciones que traemos y los agradecimientos que queremos ofrecer.

Ahora elijamos una virtud que necesitamos especialmente para este viaje: paciencia, flexibilidad, silencio, confianza o caridad.


Les propongo que nos preparemos con una novena sencilla. Durante nueve días, cada uno puede dedicar unos minutos a rezar por el grupo, por el padre que nos acompañará, por nuestras familias y por los frutos de esta peregrinación.

Cada día añadamos un pequeño gesto: ayudar, agradecer, pedir perdón o escuchar con atención. Así comenzaremos a peregrinar desde ahora.


Terminemos unidos en oración:

Señor Jesús:

Hoy ponemos ante ti nuestra maleta del alma.

Recibe nuestras preocupaciones, nuestras heridas,

nuestros agradecimientos y nuestros deseos de encontrarte.

Danos paciencia para esperar, flexibilidad para adaptarnos,

silencio para escucharte y alegría para compartir.

Enséñanos a cuidar al compañero, a reconocer nuestras necesidades

y a ofrecer ayuda con humildad.

Que el ejemplo de la Virgen del Rosario, Padre Pío, san Benito, la beata Madre Esperanza, san Francisco, Santa clara y san Carlo Acutis

nos anime a vivir más cerca de ti.

Bendice a nuestras familias y a quienes llevamos en nuestras intenciones.

Que cada misa, cada encuentro y cada paso nos ayuden a crecer en la fe y en el amor.

María, Madre nuestra, acompáñanos y enséñanos a guardar en el corazón

lo que Dios nos regale.

Amén.


Familia peregrina: preparemos los zapatos para caminar y el corazón para recibir.

Que volvamos con una maleta llena de recuerdos y un alma más dispuesta a amar.

No viajemos con exceso de equipaje: entreguemos al Señor los resentimientos, las preocupaciones y la necesidad de controlarlo todo.

Empaquemos paciencia, flexibilidad, alegría y silencio interior. Dejemos espacio para las gracias que Dios quiere regalarnos y para acoger con cariño a nuestros compañeros.

Que nuestra maleta del alma vaya ligera de cargas y llena de fe.


Clau.




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